Un modelo nuevo de máquina recreativa con premio puede tardar meses en salir de fábrica. El hardware suele estar listo antes que los papeles. La parte lenta es demostrar a la administración que el aparato hace exactamente lo que el fabricante dice que hace, y que lo hará igual en la máquina número uno y en la número quinientos.
Ese proceso se llama homologación, y es la primera pieza del control público sobre las máquinas tipo B.
Qué se homologa exactamente
Se homologa el modelo, no cada máquina. El fabricante o importador presenta un prototipo y un expediente técnico, y si todo cuadra el modelo se inscribe en el registro correspondiente. A partir de ahí puede fabricar unidades idénticas, cada una con su número de serie, sin repetir los ensayos.
El Reglamento de Máquinas Recreativas y de Azar aprobado por el Real Decreto 2110/1998 describía el contenido de ese expediente, y los reglamentos autonómicos posteriores lo han conservado en lo esencial:
- planos y descripción técnica del aparato y de sus dispositivos de seguridad;
- descripción del juego y de su programa de premios;
- simulación estadística de al menos dos ciclos completos de partidas;
- muestras de la memoria de juego;
- descripción de los contadores, que registran entradas y salidas de dinero;
- certificado previo de un laboratorio o entidad de ensayo autorizada.
El laboratorio es la figura central. Su informe responde a cuatro preguntas: si la máquina devuelve al menos el mínimo legal, si cada partida dura lo exigido, si los contadores resisten una manipulación y si el aparato real se comporta como la simulación del fabricante.
El porcentaje de devolución, la cifra que importa
Si hay un número que define a una tipo B es el porcentaje de premios que devuelve. El reglamento estatal de 1998 lo fijó en un mínimo del 75 % del valor de las partidas jugadas, medido sobre ciclos de 20.000 partidas consecutivas, con un control adicional en tramos de 5.000 partidas para evitar que la máquina concentrara todos los premios al final del ciclo.
Hoy cada comunidad autónoma fija su propio mínimo y su forma de medirlo. Lo que no cambia es la lógica: la máquina no decide al azar cuánto paga, sino que su programa garantiza un retorno dentro de un margen. Por eso la normativa habla de premio programado y no de azar puro, que queda para las máquinas tipo C de los casinos.
Un jugador no puede saber en qué punto del ciclo está la máquina que tiene delante. Esa es, en el fondo, la razón de que exista la homologación: alguien ajeno al fabricante tiene que haber comprobado que el ciclo existe y que se cumple.
Del registro de modelos al número de serie
Con el certificado del laboratorio, el modelo se inscribe en el registro de modelos del órgano de juego competente. En la estructura del reglamento estatal ese papel lo tenía la Comisión Nacional del Juego de entonces, un órgano distinto del regulador del mismo nombre que preveía la Ley 13/2011 y que nunca llegó a constituirse; en la actualidad corresponde a cada comunidad autónoma para su territorio, porque el juego presencial es competencia autonómica.
Inscrito el modelo, cada unidad fabricada recibe sus marcas: número de serie, placa de identidad con los datos del modelo y del fabricante, y la documentación que la acompañará durante su vida útil. Aquí empieza la segunda fase del control, la de la explotación.
| Documento | Qué identifica | Cuándo se pide |
|---|---|---|
| Inscripción del modelo | El diseño homologado | Antes de fabricar en serie |
| Placa y marcas de fábrica | Cada unidad concreta | En fábrica |
| Autorización de explotación (antes guía de circulación) | La máquina y su empresa titular | Antes de ponerla en servicio |
| Autorización de instalación o boletín de situación | El local donde opera | Cada vez que cambia de local |
En el reglamento de 1998 la guía de circulación tenía una validez de cuatro años, renovable por periodos de dos años tras una inspección de la máquina. Las comunidades han cambiado nombres y plazos, y varias han sustituido los papeles por registros electrónicos, pero el principio de que cada máquina debe poder identificarse en cualquier momento se mantiene.
Por qué una misma máquina puede homologarse varias veces
Aquí aparece la complicación española. Como cada comunidad tiene su reglamento, un fabricante que quiera vender en todo el país necesita que su modelo esté inscrito en cada registro autonómico donde vaya a explotarse. Los requisitos técnicos se parecen, porque casi todos los reglamentos beben del modelo estatal, pero no son idénticos: el precio máximo de la partida, el premio máximo o el número de jugadores simultáneos pueden variar.
En la práctica, muchas comunidades admiten los ensayos ya realizados por un laboratorio autorizado para otra comunidad y se limitan a verificar los aspectos en los que su norma difiere. Eso abarata el proceso, pero no lo elimina. El resultado es que un mismo mueble puede salir de fábrica con programas ligeramente distintos según el destino.
Quien quiera entender por qué las reglas difieren tanto de un territorio a otro encontrará el contexto en cómo se articula el marco estatal y autonómico.
Los controles que siguen después
La homologación no es el final. Una vez instalada, la máquina queda sujeta a inspecciones de los servicios de juego autonómicos, que comprueban que los papeles están en regla, que la placa coincide con el registro y que los contadores no han sido manipulados. Las sanciones por explotar una máquina sin autorización, o con un programa distinto del homologado, figuran entre las infracciones graves o muy graves en todos los reglamentos.
También hay controles de otra naturaleza. La máquina tributa por la tasa fiscal sobre el juego desde el momento en que está autorizada, aunque nadie juegue en ella, y en hostelería convive con las limitaciones de número por local que explica la sección de máquinas recreativas.
Los contadores homologados se pensaron para que la administración pudiera comprobar el porcentaje de devolución. Con los años se han convertido en la principal fuente de datos de las propias empresas operadoras, que deciden con ellos qué máquinas mover de un local a otro.
